Gran Torino
Director: Clint Eastwood
Intérpretes:
Clint Eastwood, Lee Vang, Ahney Her, Christopher Carley, Brian Haley, Geraldine
Hughes, John Carroll Lynch.
Nacionalidad: Australia y
Estados Unidos.
Duración: 116 minutos.
por Asier Sisniega
Mientras escribo estas líneas Clint Eastwood y su familia estarán a buen
seguro celebrando su cumpleaños, y es que hoy, día 31 de Mayo de 2009, el bueno
de Eastwood cumple 79 primaveras. Lejos de retirarse a Florida o a cualquier
otro lugar de residencia para jubilados, Eastwood sigue al pie del cañón con
más intensidad si cabe que nunca, encadenando rodaje tras rodaje,
ejemplificando que la edad no es óbice para poder seguir realizando de forma
soberbia aquello que mejor sabe hacer. En apenas tres años el director
californiano ha dado a luz a cinco filmes, una auténtica lección de esfuerzo a
generaciones posteriores. Apenas unas semanas después de presentar en Cannes su
película El Intercambio, comenzó el rodaje en el estado de Michigan de Gran
Torino. En un principio, se pensó que sería el canto de cisne de la saga de
Harry el Sucio, pero pronto se supo en los foros de Internet que se trataría de
un historia sencilla, fundada en la amistad.
Walt Kowalski es un veterano de la guerra de Corea que acaba de perder a su
esposa. Condenado a la soledad, comprueba atónito cómo son los nuevos tiempos.
Nietas plagadas de piercings que parecen no guardar ningún respeto por su
fallecida abuela, hijos para los que la familia no representa nada y el dinero
lo es todo, jóvenes que forman bandas de delincuentes sin más inquietudes que
pulular por el barrio asustando al vecindario. Walt vive en un suburbio de
Detroit, de donde la clase media se ha ido mudando progresivamente. Ahora es un
barrio ocupado exclusivamente por inmigrantes, donde Walt es una rareza, no
sólo por estar chapado a la antigua, sino por su total falta de integración en
un barrio lleno de nuevos miembros. Su única compañía serán su perro y un Ford
Gran Torino del año 1972.
Una noche, su joven vecino Thao, de origen Hmong, trata de robar su
vehículo, como prueba de fuego para pasar a formar parte de una banda de
jóvenes, de la cual su primo es miembro. El señor Kowalski ahuyentará al
ladrón, disparando involuntariamente en medio de la oscuridad de su garaje. No
tardará en descubrir quién era el responsable, pero entre ellos se comenzará a
forjar una relación de amistad, tratando al mismo tiempo de evitar que el joven
huérfano de padre se una a la banda. Walt, por tanto, se convertirá en una figura
paterna para el muchacho, en lo que será un proceso de aprendizaje no sólo para
Thao, sino también para Walt que verá caer gran parte de sus prejuicios para
con el resto de razas.
Establecer una comparación entre Walt Kowalski y Harry Callahan es
inevitable, incluso efectuarla también con el ya mítico protagonista de la
trilogía del dólar de Sergio Leone. En todas ellas el personaje es alguien
impenetrable, frío, de vuelta de todo y que siente un profundo odio por la
especie humana. Sin embargo, el protagonista de Gran Torino se muestra mucho
más vulnerable y abierto al diálogo. Parapetado tras una retahíla de insultos y
prejuicios racistas, no deja que nadie se acerque demasiado a él, con el fin de
evitar que sus sentimientos puedan ser percibidos. Ese escudo caerá a lo largo
del metraje de la película, no sólo estableciendo un vínculo con sus vecinos
inmigrantes, sino también con el joven cura.

En unos tiempos en que la sociedad malinterpreta fácilmente las palabras,
el personaje caracterizado por Eastwood se lanza a bombardear con toda clase de
improperios a cualquiera que pase por delante. Que Walt entone esas frases, no
quiere decir que su director esté necesariamente de acuerdo. Cualquier buen
cinéfilo que haya seguido la carrera del director de San Francisco sabrá que
Eastwood está muy alejado del personaje fascista y ultra conservador que
durante décadas se nos intentó vender. Por el contrario, estamos ante una de
las mentes más lúcidas y consecuentes del cine mundial actual, que en muchas de
sus películas se aleja de los convencionalismos y de lo políticamente correcto,
para acercarse a los fracasados y a los desheredados, para hablar de esperanza
y ofrecer soluciones a los problemas que corroen los engranajes de la sociedad
del siglo XXI.
Pese a su sencillez argumental, Gran Torino es en cierto modo una película
atrevida, por apostar por un clasicismo de gran calidad en tiempos donde priman
los remakes más rimbombantes, los estrenos que las grandes compañías tratan de
amortizar en el primer fin de semana y un sinfín de explosiones y efectos
especiales que a cada año que pasa empeoran los niveles alcanzados tiempo atrás.
Gran Torino es una cinta de actores y personajes familiares, encarnados por
intérpretes desconocidos y no profesionales, en un proyecto de menos de un mes
de rodaje y de apenas 33 millones de dólares de presupuesto. El resultado: un
gran éxito que ha recaudado 253 millones en todo el mundo, en el que es ya el
título de mayor éxito de la carrera de Eastwood. La lectura es clara: El
espectador desea calidad y cuando la encuentra se vuelca totalmente, como así
lo demuestra el imparable boca a boca que ha funcionado en todo el mundo,
permitiendo que numerosas semanas después del estreno el filme aún se encuentre
entre los más vistos en algunos países. Lástima que ese mecanismo de
recomendación popular no funcione más a menudo con otros títulos igualmente
brillantes que no llegan a conocer las mieles del éxito comercial.
Eastwood rescata una amalgama de situaciones bien conocidas de su
filmografía, no para elaborar un producto posmoderno, sino para que el conjunto
sea mejor que la suma de las partes, como así sucede con el resultado final.
Así, por quinta vez en su carrera, interpreta a un excombatiente de la guerra
de Corea, de hecho, el propio director es veterano de esa guerra, aunque no
llegó a entrar en lucha. También rescata la figura del cura al que masacra con
frases lapidarias, al igual que en Million Dollar Baby. Sin abandonar esta
película, nos vuelve a mostrar cómo en las familias muchos de sus miembros son
auténticos desalmados embriagados por el dinero. En ésta son sus hijos, en
aquélla lo eran la madre y los hermanos. Este mensaje descorazonador se ve
compensado con una amistad sincera y verdadera, capaz de entregarlo todo. Comparte
con El Aventurero de Medianoche (1982) el protagonismo de un personaje con una
enfermedad terminal y con un final trágico.
Si hubiera que clasificar en una categoría a Gran Torino, ésta sería la
comedia dramática. Comedia, porque logra hacernos reír en innumerables
momentos, cosa de la que no pueden jactarse muchas comedias actuales.
Dramática, porque consigue que nos encariñemos con los personajes y que los
vuelcos del argumento nos duelan como patadas en el estómago. Al igual que
ocurría con Un Mundo Perfecto (1993), Gran Torino parte de elementos de sobra
tratados en el cine, pero logra dotarles de su personalidad y sellar dos
grandes películas, entre las mejores de su carrera, pese a que sus puntos de
partida sean poco novedosos. A priori, Gran Torino se encuadraba dentro de sus
obras menores, precedida por una cinta de mucho más presupuesto, El
Intercambio, y seguida de la inminente El Factor Humano, de nuevo de primera
línea. Sin embargo, Gran Torino se eleva por méritos propios a los altares de
su carrera.
A un buen guión se unen unas estupendas interpretaciones, que son ante todo
muy naturales, en un conjunto que es un canto al valor de la amistad, del
sacrificio y del entendimiento entre las diferentes culturas. Una cuidada
fotografía de corte clásico y tonos oscuros, subraya el duro presente de la
patria del coche, Detroit. Únicamente se puede echar en cara a la película el
tratarse de un reciclaje de puntos comunes de su filmografía, y no un proyecto
totalmente rupturista. Claro que lo que para algunos será una tara, para otros
como el que esto escribe es una gran virtud, dada la sabiduría con que el
relato es manejado. Parece evidente que los miembros de la Academia estadounidense y todos aquellos encargados de
entregar premios por todo el globo se encuentran en el primer grupo, que
considera injustamente a la cinta como un proyecto menor, no merecedor de
premios y nominaciones. Un ejemplo más de cuánto de subjetivo e interesado hay
detrás de los premios, y qué lejos están estos a veces de los gustos del
público, que ha recibido Gran Torino con los brazos abiertos.
Absolutamente recomendable. De visión obligada en cines y de compra
obligada para cualquier verdadero amante del séptimo arte. Sólo cabe esperar
qué nos deparará con su nueva obra sobre Nelson Mandela. Qué Dios le de tanta
salud como se la dio a su madre que falleció casi centenaria.
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